No necesito flores
Al principio nunca decía que era madre. Pensaba que eso me quitaría puntos. No sin razones válidas para pensarlo, claro, en el ámbito laboral ser madre quita puntos, no lo digo yo, lo dicen las estadísticas. Bueno, yo también lo digo. Ser mujer quita puntos, ser madre quita todavía más puntos, y ser monomadre o divorciada quita todavía más más puntos. Cuantos menos puntos tienes, más precaria eres. Hay una viñeta de Moderna de Pueblo dónde cuenta muy bien esa pirámide de ser mujer, ser joven, dejar de ser joven, ser madre, no tener pareja, siempre de clase trabajadora, porque es una cuestión de clase. También un día Begoña Gómez Urzaiz habló, en adc, de no exponer la maternidad en ámbitos profesionales para que te tomen en serio. Si eres madre no te toman en serio. O no tan en serio. Porque si pones a tus hijes en el centro de tu vida entonces es que no pones el trabajo en el centro de tu vida. Y “lo más importante” es el trabajo porque es lo que los hombres ponen en el centro de su vida. Cuidar es de segunda categoría porque lo hacen las mujeres. A no ser que seas la jefa, claro. Pero entonces eres madre con poder adquisitivo, que (me repito), no es lo mismo que madre de clase obrera. Con poder adquisitivo puedes poner el trabajo en el centro. O poner a tu familia en el centro. Básicamente lo que puedes es decidir. Sin capital económico no puedes decidir, tienes que sobrevivir. Sobrevivir es algo así como fingir en el curro que pones el trabajo en el centro, fingir en tu casa que pones a tu familia en el centro, no ponerte jamás a ti en el centro, y vivir con la sensación constante de que le estás fallando a todo el mundo.
Esos puntos imaginarios de los que hablaba son prestigio social y se transforman en dinero. O en ausencia de dinero. En no llegar a fin de mes.
La madre con poder adquisitivo, la madre de clase media, no está desquiciada por el trabajo doméstico y de cuidados, por la falta de tiempo para ella misma. Ella externaliza todo este trabajo tedioso para un mayor bienestar en su vida. La madre obrera está agotada, tiene sueño y no puede más. Y además tiene un trabajo peor pagado, porque se ha hecho autónoma para conciliar hacer el trabajo de cuidados, o se ha reducido la jornada, o se gasta una parte de la nómina en cumplir el horario de la jornada completa. Pagando por trabajar. O pagando por cuidar. Así está la madre obrera.
Al principio no quería escribir un libro sobre maternidad. Es decir, sí pero no. Junto a mi querida amiga Laura estuvimos a punto de hacer uno de viñetas, esa idea sí me gustaba, porque era maternidad pero con sarcasmo, ironía, cabreo, crítica, queja, rabia, fuego. Luego dos personas increíbles me sugirieron que debería escribir un libro sobre maternidad, mi nivel de disociación era tal que pensaba “pues no entiendo porque si yo soy sindicalista” mientras me pasaba el día hablando de maternidad en mis redes sociales. Quiero decirles a las dos que tenían razón. Era el señoro que tengo dentro y me juzga el que me decía “tú tienes que hablar de trabajo, como Karl, o como su yerno, Paul, no de maternidad, haz el favor Laura” (subtítulo: los hombres hablan de trabajo, las mujeres de maternidad, habla de lo que hablan los hombres que es “lo importante” - sí sí esto ya lo he dicho pero es que es un concepto importante lo repito vale-). Qué denostada está la maternidad en la voz interior de mi cabeza, que me dice “mira Laura, tus amigas radicales y yo ya sabemos que la maternidad de clase trabajadora es un temazo y que las maternidades combativas son revolucionarias y que hay que organizar a las madres cabreadas para cambiar las políticas públicas, pero el capitalismo promueve las mumfluencers que hacen pasteles de arcoíris sin azúcar, cosen ropa ecológica a mano, van cada día en bici a recoger a sus tres hijes al cole y generan ansiedad, fomo y malestar a las madres obreras y eso produce ventas, así que tu habla de trabajo, que es más transversal”. Cómo duele airear en público mi machismo interno joder. Lo cierto es que terminé hablando de maternidad cuando por fin escribí sobre trabajo*.
Hubo un momento en que, con mucha práctica y observación, elaboré una metodología propia para detectar cuando, dónde y con quién me podía aportar alguna cosa positiva mencionar mi maternidad. Mercantilizando el valor de mi propia maternidad ¿qué locurita mental es esta?
En mis recuerdos de infancia mi madre no se dedicaba a darle estas vueltas al asunto, ella simplemente era millones de identidades; amiga, profesora, cinéfila, historiadora, lectora, feminista, manifestante, sindicalista, fiestera, listísima, viajera, bienvestida, cervecera, novia de su novio, hija de su madre, madre de su hija. Dedicaba tiempo y energía a sus luchas, a cuidar de sus vínculos de amistad, a cultivar su intelecto y a querer a su familia. Cuando estaba maternando pues estaba maternando, y ya. Y cuando estaba trabajando pues estaba trabajando. Y cuando estaba viajando pues estaba viajando. En mi recuerdo, ser madre en los ochenta y los noventa no tenía nada de especial, era una cosa más, pero ahora vivo con la sensación de que la maternidad es una identidad.
Y me parece que hay una batalla por definir esa identidad. ¿Vamos a dejar que sea ángel del hogar, conservadurismo, racismo, clasísmo, alarma antiocupación y segregación escolar, o vamos a construir una alternativa que sea barricada, justicia social, compartir, comunidad, escuela pública, parques, carriles bici, políticas sociales valientes y un futuro para todxs lxs niñxs del mundo y no solamente para unos cuantos? Yo creo que lo segundo.
Feliz día de las madres trabajadoras.



¡Queremos leer ese libro!
👏👏👏👏👏